Siempre hay un día para aprender

Autor Guillermo Fernández

Era un testigo descreído de lo que sucedía en Wuhan, zona más que remota del mundo donde se libraba una batalla contra un virus cuya procedencia tenía múltiples y enigmáticas explicaciones. No me hacía infeliz ni feliz el hecho. Estaba tan lejos Wuhan, que me parecía incluso un lindo término: Wu-han. Me daba la idea del más lírico exotismo chino. Yo que jamás he pisado suelo chino. 

El día que llegué a mi apartamento y encendí la tele, quise haber estado acompañado de mi última novia, que me había dejado por mi temperamento o que yo había tratado de que me dejara por no entender el suyo. Solo quería tenerla a mi lado para comentar con alguien lo que veía en un noticiero de las 7 pm. El periodista advertía que el virus que hacía estragos en la remota Wuhan se movía por otras geografías y los contagios se iban observando en viajeros desprevenidos, asintomáticos, viajeros que no sabían que llevaban en sus cuerpos a un verdadero demonio. Hasta ese momento, me dije: la ciencia es grande, todo lo detendrán a tiempo. Sin duda. 

Pero la ciencia no tenía respuesta. Es más, había tantas versiones del virus como científicos disidentes y oficiales, científicos charlatanes (si es que los hay, porque sería una contradicción), y científicos serios. 

No sé si me ocurrió lo que a mucha gente: veía a los toros de largo, me daba algo de pena ver lo que era capaz de hacer el virus, tenía confianza de que se frenaría antes de llegar a mi país. 

Falso. 

El virus llegó a todos los países, como llega el viento, sin ningún obstáculo. Las medidas de prevención me parecieron tan monstruosas como el virus. No lograba ver un mundo disminuido al ostracismo y la paranoia. 

Yo trabajaba como redactor de notas culturales en un periódico de la capital y a los dos meses días recibí la nota de despido. Tenía varios años de trabajar con cierto grado de confort, me quejaba como todo el mundo y tenía la seguridad de que algún día me pensionaría. Ni siquiera me pareció necesario presentarme ante el jefe para pedirle una explicación. ¡O sí lo hice! Lo hice de manera muy sutil, porque soy orgulloso. No quería llorarle. No quería derramar lágrimas. Me dirigí a su oficina y le extendí la carta. 

—Lo entiendo —le murmuré–. Sé que tal vez fue una dura decisión. 

Ramón, el jefe, me observó con incredulidad, como si en ese momento yo no fuera más que el humo que se agita en un espejismo. 

—No es nada personal, Esteban, vos lo sabés. Se están haciendo recortes en todas las empresas.  

Otros compañeros de trabajo recibieron también su carta y no tuvieron ni siquiera la cortesía de despedirse. Los vi tensos, con esa mirada al borde del barranco. 

Pasé varios días viendo noticias y comiendo más de lo normal. Hubiera empezado a beber pero nunca he podido beber. Me podía acostar a las tres de la mañana viendo noticias y videos apocalípticos en Youtube. De un día para otro, estaba confinado en mi apartamento y me empezó a hacer falta incluso hasta el timbrazo del despertador a las seis y media de la mañana. Recibí posteriormente algunas llamadas de excompañeros de trabajo que me comentaban sus puntos de vista haciendo énfasis en palabras como injusticia, incertidumbre, desecho. Ahora somos un desecho, me dijo una fotógrafa con la que a veces me acostaba y que había optado por volver con su madre, ya que no podía seguir pagando su apartamento. Le dije que podía pasar algunos días conmigo pero estaba muy ofuscada. El erotismo casual, supe rápidamente, había desaparecido. No insistí. Lo que menos pensaba por esos días era en acostarme con alguien. Solo pensaba en el futuro, en su fulgor maléfico. 

Fue mi padre, quien vivía con mi madre en una pequeña casa de Zapote (y a quienes por demás poco visitaba), el que se preocupó un día al oírme que había perdido el trabajo. 

—No está bien que estés solo en ese apartamento. Te vas a volver loco. 

Cuando dijo la palabra “loco”, se refería a los padecimientos mentales de la familia. El tatarabuelo desfogado, la tía loca, él mismo un poco inestable. Me preocupaba, como a todo el mundo, el dinero, el dinero que se iba acabando con una sardónica lentitud. Mis ahorros eran pocos. Del periódico me habían dado una salida deshonrosa. Aducían quiebra. Y con el cuento de la quiebra solo tenía el apoyo del último pago. Y pronto tendría una situación inverosímil, de esas que uno no puede creer mientras la está viviendo. Irreal, surrealista, como una estrella de Van Gogh dando vueltas en tus pupilas.

—¿Yo loco? —murmuré sin fuerza. Como si el poder de las circunstancias me llevara con golpes invisibles hasta las cuerdas sin que pudiera capearlos. 

—Te tengo un trabajo —me dijo, sin querer hundirse conmigo en una divagación innecesaria—. Es en una funeraria, como vendedor. Creo que no morirá mucha gente, pero uno nunca sabe. Tal vez te vaya bien. 

Me explicó los detalles. Mi padre había trabajado en una funeraria y era amigo del dueño. Ahora habían despedido personal y requerían de otro con menos salario, comisiones, etc. Acepté sin pedir explicaciones. La idea de trabajar en una funeraria puede ser poco atractiva. Incluso humillante. Pero ciertamente me iba a hacer loco en mi departamento mientras el mundo solo hablaba de pandemia y de estragos económicos. Me había dado cuenta en pocas semanas que carecía de amigos y que solo comprobaba mi soledad leyendo estupideces de Facebook, la gran atrapadera de moscas que había inventado Mark Zuckerberg. Nadie puede negar que Facebook es un hediondo cotarro donde todos quieren dejar una huella, una voz, un gesto, algo que finalmente se desvanece como una gota de agua en un desierto. 

Pensé a continuación en el modo de vender: ¿cómo lo haría? En estos casos, son los familiares de los muertos los que tocan las puertas y no hay que acudir a ellos para venderles nada. Alguien muere, según pensaba yo, y hay que correr a enterrarlo. 

—¿Enterrar? —me respondió mi padre. Hasta el momento no sabía que estaba hablando y pensando en voz alta—. Existe también la cremación. 

—Ah, la cremación —exclamé sin hacerme una imagen real en mi mente de lo que pudiera ser. 

—En una funeraria también hay vendedores, Esteban. Te olvidás que también hay competencia. Y mucha. Incluso en la funeraria de mi exjefe hay ahora un servicio de cremación para mascotas. No me preguntés cómo funciona. Seguro es para gente rica. La gente rica es así. 

—Vos sos el que sabés —le dije condescendiente. 

Me dio el número de teléfono de su exjefe, David Córdoba, y lo llamé al día siguiente. Este me dijo que podría venir, a pesar del coronavirus, para hablar del asunto. Le sentí en la voz un tono de familiaridad, de que ya tu papá estuvo trabajando conmigo y es un buen viejo… 

Me recibió en la oficina de la Funeraria Amanecer Rosa, luego de hacerme esperar media hora sentado en la recepción. La recepcionista era una joven con mirada neutra. Vestía un traje ejecutivo. Atendía a dos ancianos con mascarilla que le comentaban algo acerca de la capilla de velación. 

La entrevista fue extensa. Me dijo que habían liquidado a varios empleados y que se estaban tomando medidas para que la empresa no quebrara. Siempre he odiado la expresión, “tomar medidas”, nadie sabe lo que significa y se emplea como el papel higiénico o el hilo dental. 

—Usted puede venir aquí y trabajar con el otro vendedor —me dijo viéndome a una distancia prudente desde su escritorio y con una mascarilla—. Atiende las llamadas y solicitudes de clientes. Los apoya en lo que puede. Debe estudiarse los catálogos de ofertas y prepararse un poco para persuadirlos. Lo que vendemos no es maní garapiñado, eso su papá lo sabe, qué buen hombre su papá. La gente llama desorientada, hay que tener cierta empatía. La muerte es un tema desagradable. 

—Claro, nadie habla de eso directamente. 

—Menos ahora con la pandemia. Jamás creí que fuera ingresar al país. Tenía la idea de que éramos… bueno…

—¡Infranqueables?

—Algo así. 

David ya era un hombre que lindaba en la ancianidad. Tenía un rostro amoratado y una expresión bonachona. Sus ojos poseían el brillo del empresario invencible, ese que no puede dejarse llevar por las malas noticias del mundo. Sin embargo, se percibía a sí mismo en una hondonada siniestra, como casi toda la gente, como yo mismo. 

No sé cómo empecé mi trabajo de vendedor en la funeraria. Leí todos los catálogos que pude para asesorarme. No me gusta hablar de lo que no sé. Descubrí otra labor en mi vida. Mi compañero de ventas, Mario Díaz, era un vendedor experimentado que había adquirido la insensibilidad necesaria para vender cualquier tipo de “producto” funerario. Ahora ganaba menos y no andaba de buenas pulgas. Me comentaba durante las horas de café que David había rebajado su salario amparado en las disposiciones del gobierno y que lo consideraba injusto. Buena plata le había traído a la funeraria. Reconocía, sin embargo, que por ahora los servicios funerarios de poca monta eran lo más solicitado por los clientes. Se realizaban pocas cremaciones. Y las cremaciones dejaban más utilidades. 

—Se había avanzado mucho con la cremación —me comentó Mario poniendo cara de indignado, como si tuviera que enfrentarse algún día con un culpable—. A mucha gente le gustaba la idea de cremar a sus muertos de una manera definitiva y llevarse un cofre bonito para su casa con las cenizas del pariente. Si hay mucha gente muerta con esta pandemia, creo que el gobierno hará ese trabajo. Detesto esta pandemia. Bueno, creo que a nadie le gusta. Pero a mí, particularmente, me parece que así son los verdaderos monstruos. No esos que uno veía en la tele cuando era niño, sino estos monstruos que no sabe uno de dónde salen y que se van comiendo la vida en forma invisible. Un verdadero monstruo jamás da la cara. Produce destrucción en sombras. 

En mi entorno observaba agotarse a la gente de manera gradual e insólita. Algunos no reaccionan al primer impacto, sino que se van levantando lentamente del sueño luego de que un diestro boxeador les ha dado en plena cara. ¿Cómo que estamos viviendo una pandemia? ¿Todavía existían? ¿Y mis proyectos y mis negocios? Una modelo que tenía como contacto en Facebook puso un día en venta su cuerpo de manera explícita. Siempre consideré que tenía cierto glamur y que trabajaba para marcas de ropas y de cosméticos. Era hermosa. Subía noticias del coronavirus, como casi todo el mundo y también sus fotos profesionales donde aparecía en poses llamativas. Un día entró en pánico. Y así vi que también la pandemia la exponía públicamente a la prostitución, con “ofertas serias y nada de fotos íntimas por adelantado”. Una mujer de un pueblo rural reclamaba a la municipalidad que le cerraran la iniciativa de vender almuerzos desde su casa. Me afligió tanto como que la modelo publicara que ya se vendía como un pedazo de carne. “La municipalidad es una hijueputa”, pensé. Y en efecto lo era. Solo trataba de ganarse unos pesos y ya le había acordonado la entrada de la casa como si fuera la escena de un crimen. Le enviaron una nota donde le exigían que presentara la patente. ¿Cuál patente? Qué fácil es reírse de la gente cuando está en el abismo. Me imagino que los primeros suicidios se encubrían o se soslayaban. Los sicarios eran los únicos que se mantenían con su industria pujante. Se notificaban ajusticiamientos regulares en los periódicos sin que ya no fuera interés de nadie. Ahora todo lo abarcaba la pandemia. El famoso coronavirus. 

Mi salario resultó ser ridículo. Y creo que con que fuera ridículo aportaba algo al país, a la causa de la economía. ¿No es cierto? Ya ni siquiera chistaba. Solo tenía una vergonzosa gratitud de que por lo menos tuviera algo de dinero para no pasar a un estado más gravoso. 

Un día sonó el teléfono de la recepción y anoté un pedido extraño. Un tal Jaime Martínez me dijo que quería enviarle un regalo a un amigo. Tomé nota:

—¿Un regalo? —pregunté confundido—. Usted está llamando a Funeraria Amanecer Rosa. 

—Sí, no me equivoco —me respondió Jaime—. Quiero regalarle… ¿está anotando?

—Por supuesto, don Jaime.

—Quiero regalarle un servicio de cremación al señor Leonel Jiménez. Su sueño es que lo cremen. Le tiene pavor a los entierros y a la podredumbre. Un día me dijo: “Sabés qué, Jaime, yo no puedo imaginarme cómo seré cuando muera. El cuerpo se va pudriendo poco a poco. Lo he visto en ciertos documentales. Sé que ya uno no sentirá nada. Pero un día me soñé que estaba muerto y que ya me habían enterrado y que me salían luciérnagas verdes del cuerpo, como en una película de terror. Si yo tuviera suficiente plata me pagaría ya mismo un servicio de cremación para que mi cadáver no sufra aún más. Entiendo que es caro”. El hombre es un cobarde, pero le tengo mucho afecto. Me ha hecho tantos favores que pagarle ese servicio por adelantado es poco. 

—Ya le entiendo —le respondí—. Eso es amistad. 

—La amistad es lo mejor que tenemos en el mundo. Fallan muchas cosas. Pero los verdaderos amigos, nunca. 

Tomé nota de todos los detalles y preparé el “regalo” con algo de sentimentalismo, yo que no soy una persona tierna. Era mi primera venta en firme de una cremación, o proyecto de cremación, y sentía que la pandemia no iba a liquidarme tan fácilmente. Prepararía mis garras. Afinaría mis dientes afilados. Pelearía antes de dejarme matar. 

Llamé al feliz destinatario del regalo y me respondió una voz áspera y precavida:

—¿Se encuentra el señor Leonel?

—¿Quién habla? 

—Un vendedor de la Funeraria Amanecer Rosa. 

—¿Funeraria? 

—Deseo llevarle un certificado a su nombre con un derecho a un servicio que le envió un amigo. 

—¿Qué clase de servicio?

—¿Es usted el señor Leonel?

—Puede ser. 

—Sé que estamos en tiempos de pandemia, pero el certificado debo entregarlo personalmente. No puedo revelar exactamente de qué se trata en este momento. Es una sorpresa. Una sorpresa de un amigo suyo. 

—Mis amigos no llegan a uno y medio. Pero estaría bien que venga a mi casa y me hable de esa sorpresa y quién me la envía. Mire, yo no le tengo miedo a esa mierda del coronavirus. Venga y me explica. No traiga mascarilla. Aquí no nos ponemos máscara. 

El hombre me dio su dirección y me fui a su casa al día siguiente en mi vehículo. Llegué a un residencial acomodado de Santa Ana. Me pareció extraño que Leonel no tuviera el dinero para comprar su propia cremación futura y que fuera uno de sus amigos quien le cumpliera el sueño. Su casa no era la de un menesteroso. Tuve que dar mi nombre al guarda de la entrada y este me dejó pasar después de confirmar con el dueño por medio de un intercomunicador. 

Aparqué mi modesto Nissan a la entrada de una residencia que solo podría haber costeado un ricachón. Algo me hizo sentir inquieto. Pero seguí con mi objetivo. Toqué el timbre y esperé unos segundos, mientras observaba la simpleza del jardín. La puerta rústica de madera y un jarrón de barro con flores marchitas. Me abrió la puerta una mujer bajita que me dijo que pasara. Llevaba uniforme de empleada doméstica. Me hizo pasar a una sala espaciosa donde el panorama cambiaba completamente. Había mucho ornamento. Piezas indígenas y cuadros kitsch. Armarios muy finos y estatuillas muy monas de mujeres semidesnudas. A los pocos segundos, apareció un hombre de ropa entallada y me preguntó si quería beber algo. Era delgado, musculoso, tenía algunos piquetes pronunciados por todo el rostro. Estaba tatuado hasta el cuello. Me extrañó que no lo hiciera la sirvienta. Tendría unos treinta años. Se movía con desconfianza. 

—Un poco de agua, nada más —le dije. 

Casi de inmediato, escuché una voz a mis espaldas. 

—Vino puntual —me dijo. Al volverme, vi a un hombre menudo con una mirada verde recelosa. Tenía la pinta de un tipo ordinario, con esa camisa pintarrajeada y esas botas de cuero que usan los ganaderos prósperos. No tardó en aparecer quien me traía el agua y lo vi sentarse frente a mí cruzando las piernas. 

—Gracias —le dije al recibir el vaso. 

—Es de gratis. Por ahora aquí todo es de gratis —me dijo el segundo hombre. No supe por dónde empezar. Hizo una pausa y me inspeccionó como un águila—. Quiero ver mi regalo —agregó viendo mi portafolios. 

—Don Leonel, mucho gusto —le dije tratando de ser sociable. 

—Sí, claro. ¿Qué tipo de regalo es el que usted tiene para mí? —abrevió.

—Su amigo quiere cumplirle un sueño. Es una cremación. Y pagó la más cara. Dijo que era algo que usted quería tener seguro. 

—Y cuál es ese amigo. 

—Me dijo que lo mantuviera en secreto. 

El hombre que estaba frente a mí de pronto sacó una calibre 45 y me apuntó:

—Es mejor que le diga al jefe quién le envió el regalo. 

De inmediato comprendí. 

—Su nombre es Jaime —arrojé de inmediato, sabiendo que me habían utilizado ingenuamente. ¿Cómo podía estar la mafia tan activa y por qué yo había quedado en medio de una rencilla de capos?

—Ese hijueputa —dijo el hombre de la pistola. 

—El hombre de la pistola es Búmeran —me dijo Leonel sentándose a su lado, como si me estuviera leyéndome la mente todo el tiempo—. Me cuida las espaldas. Tiene muchas ganas de utilizar ese juguete. Guardá esa mierda —le dijo golpeándole la espinilla con la punta de su bota. Búmeran guardó el arma—. Aquí hay un problema —siguió hablando Leonel—, ese desgraciado se ha querido burlar de mí y de paso me envía una amenaza. De los enemigos que tengo, es el más radical. ¿Cierto, Búmeran?

—Así es, jefe. Pero le vamos a dar tanda. 

—Eso no importa por ahora. No somos idiotas y lo que quiere es una provocación. 

Sentí que me mareaba ante esa realidad. 

—De acuerdo, es un malentendido —les dije—. Lo mejor es que me vaya por donde vine y se acabó el asunto. Lamento lo sucedido. 

—Un momento —me ordenó Leonel levantado un vaso con algo que parecía ron—. Yo quiero mi regalo. 

—Pero, jefe, no va a aceptar usted esa burla. 

—Por supuesto que sí, ¿o sos idiota? Lo que quiere Jaime es que me desmorone. Lo que quiere es verme orinándome de miedo. Es una estrategia psicológica. Quiere debilitarme con esa treta. Hacer que me dé insomnio y que empiece a fumar mota hasta perder toda coherencia. Quiere que yo sea un mariguano como él. O algo similar. Me quiere ver con nervios, como a mi abuelita, que cuando tronaba se iba corriendo a su cuarto a rezar. 

Escuché la risa aparatosa de los dos hombres. 

—¿Y qué logrará aceptando ese puto regalo, jefe? ¿No es mejor darle bala un día de estos? Quiere hacerse famoso, jefe. Quiere salir en La Extra

—Te equivocás en algo, Búmeran, yo no soy un mafioso como todos los demás. Soy más que todo un empresario inteligente. No se te olvide. ¿Me crees mafioso? ¿Me estás dando mala publicidad ante este señor que solo cumplió con un encargo? ¡Verdad, señor…?

—Esteban —le dije apretando mi portafolio. 

—Sí, vea usted, Esteban, todos los empresarios tienen sus enemigos. Y este canalla de Jaime es un envidioso desdichado. Yo soy un empresario con algún éxito. 

—Con mucho éxito —enfatizó Búmeran. 

—No exagerés. No me interrumpás. 

—Perdón, jefe. 

—Como le decía, Esteban, yo soy un emprendedor que solo topó con suerte. De niño solo conocí el piso de tierra y el plato de arroz con huevo. Mi papá era un criminal que siempre andaba de fuga. Una vez llegó, de noche, con la cara cortada. Le pidió a mi mamá un poco de comida y se volvió a ir. Después nunca regresó. Me parece que fue mejor que se fuera. No tenía cara de angelito. Ah, pero pasamos muchas necesidades. A mí nadie me puede explicar qué es una necesidad. Lo que no se cumplió en la niñez se busca toda la vida aunque lo compremos en alguna tienda por montones. Queda el hueco de esa necesidad, usted me entiende. 

—Sí, lo entiendo. Me pasó algo parecido con las bicicletas Chopper. 

—Me gusta que me comprenda. Yo no puedo hablar a nadie de estas cosas. Búmeran solo oye reguetón. Detesto que lo escuche en mi presencia. Trato de ser educado, ¿verdad, Búmeran?

—Así es, jefe, ya me quedó claro que no le gusta el reguetón. 

—¿Dónde están los valores? —le escupió Leonel—, ¿cómo se puede vivir escuchando esa porquería? Pertenezco a otro mundo. A veces creo que estos pendejos fueron hechos en un laboratorio. ¿Te has puesto a pensar en eso, Búmeran?

—Sí, jefe. 

—En un laboratorio donde los científicos se ponen a trabajar con la mierda. Quieren probar que la mierda es útil. Y entonces crean solo indigentes mentales. —Su risa se escuchó en toda la sala. Búmeran asintió inquieto. Me miró con insidia, como si quisiera estrangularme. Se estaban burlando de él frente a un desconocido—. Pero pasemos al regalo. 

—Ajá —dije moviéndome en el sillón con deseo de que todo terminara pronto. 

—Habrá sospechado que Jaime es uno de mis enemigos. A veces no sabemos si los enemigos son quienes más se preocupan por nosotros. El amor de un enemigo es un enigma. Nos celan y nos desean muertos, pero pueden sentirse muy tristes y solos si dejáramos de existir. 

—No lo había pensado —le dije. 

—Jaime quiere el “negocio” solamente para él. Hemos tenido ciertos malentendidos por no decir “accidentes”. No puedo hablar con usted sobre detalles. Yo también quiero el negocio para mí solo, pues soy codicioso. La codicia implica una adicción perversa. Pero es algo malo que se contrae en el camino. No hay forma luego de quitársela de encima. Yo he dejado algunas drogas. La codicia, sin embargo, me dice que me levante temprano y que empiece a trabajar antes que mis enemigos, o estos se apropiarán de todo mi esfuerzo. Un enemigo es como un hermano que quiere nuestro juguete y que nos golpea donde nos duele para que lo soltemos. En el fondo sabe que es parecido a nosotros o una clase rara de gemelo. Sabe que están atados por un maleficio y que probablemente podrían ser amigos de no ser por ese maleficio. La riña y la sangre es la parte de la adrenalina. Usted sabe. 

—Por supuesto —dije sin saber de qué estaba hablando. 

—Lo que me dice Jaime con este regalo es que me tiene presente. Me necesita para vivir. Fantasea mucho con verme muerto. Es como el adicto a la pornografía. No se cansa de fantasear. Es un enfermo que solo espía la felicidad de los otros. Pobre imbécil. 

—Bueno…

—Pudo haber matado a Búmeran, que es mi guardaespaldas de confianza, para hacerme sentir indefenso. —Búmeran se rio débilmente—. Pudo haber matado a cualquier otro hombre de confianza que trabaja conmigo. Tengo varios. Los suficientes para hacerle una guerra santa. ¿Me comprende? —Asentí—. Pero me envía un regalo que es un ataque psicológico. ¿Verdad, Búmeran?

—Es una provocación. Deberíamos eliminar de una vez a esa peste de Jaime, jefe. Ya se derramó el vaso —dijo Búmeran volviendo a enseñar el arma. 

—Guardá esa mierda, te dije —le gritó mostrando ofuscación—. Este señor solo cumple con su trabajo. No es un matón. Vos estás corrido de tejas. Está bien, está bien. Jaime se está pasando y veré lo que pienso para responderle. Primero quiero saber de qué se trata el regalo, Esteban. 

—¿Siempre lo recibirá? —pregunté con cautela. 

—Por supuesto. A Jaime le “gustará” saber que me hizo gracia. Que me produjo alegría. Y deberá decírselo. Usted le dirá que su amigo Leonel le agradece el presente y que en algún momento lo compensaré. 

—Así será —le dije conturbado—. Puede incluso escribirme en una nota lo que desea que le diga en detalle. No quiero equivocarme. 

—Con que le diga eso es suficiente. Dígale que me encantó. Que a pesar de nuestras diferencias hay cariño, sin duda mucho cariño. 

Búmeran soltó una risa estruendosa y se silenció de repente. 

—Lo llamaré y le diré lo que me dijo. 

—Claro, claro, eso no importa ahora. Jaime me quería preocupado y solo ha logrado ponerme a pensar en esto de la cremación. Tal vez algún día me mate o yo lo mate a él, como debe estar escrito en las estrellas. 

—Yo y los muchachos impediremos que él lo mate a usted, jefe —dijo Búmeran. 

—¿Es que no te das cuenta del chiste? —le recriminó Leonel—. Es un hecho que yo lo mataré a él, pero siempre es posible que él me mate a mí primero. Y volviendo al tema, dígame algo: ¿qué incluye el servicio de cremación?

No creí que debía seguir hablando sobre el tema. Los ojos tensos de los hombres se clavaron en mí. Debía presentar lo que había aprendido con todos los catálogos de ventas que había leído. ¿En qué se había convertido mi vida con la pandemia? ¿Dónde estaba yo ahora? ¿Dónde estaba mi alegre y viejo trabajo? 

—El servicio que Jaime le ha regalado es el más caro —le dije—, incluye los trámites de salud, traslados, urna de madera con placa para las cenizas, cofre de madera ejecutivo, capilla de velación, servicio de cafetería en la funeraria, libro de firmas para que sus allegados plasmen sus sentimientos sobre usted, servicio de preparación de cuerpo, acompañamiento en el servicio religioso, cuatro arreglos florales y un lindo obituario. También incluye autopsia. 

—Lo de la autopsia me parece bien. Creo en la gente que me rodea, pero uno nunca sabe. ¿Qué sé yo de Búmeran por ejemplo? ¿Podría ser algún día un traidor?

—¡Jefe! —suplicó Búmeran tomándose la cabeza con las dos manos. 

—Un maldito Judas. Judas sobran en la vida. Le ríen a uno por delante, usted sabe, le lamen a uno los pies. Son así. Lame pies. Me parece excelente que haya una autopsia. Tampoco creo en mi mujer. Ni en mi querida. Ninguna de las dos es un osito de peluche. Se pueden estar comunicando ambas sin que yo lo sepa. Se pueden estar organizando. Y vamos a ver, amigo, ¿le puedo decir amigo?

—Sin ningún problema, don Leonel. 

—Dígame Leo. Para los amigos soy Leo. 

—Leo. 

—¿Qué se escribiría para mi obituario? Creo que es la parte más delicada del asunto. Quisiera dejar esto claro con usted. 

—El obituario podría escribirlo algún familiar, Leo. Alguien que lo aprecie y que pueda despedirse en unas cuantas líneas muy sentidas. 

—Claro. Ahora me deja con una duda. ¿Es posible que Jaime haya querido verme pensando estas cosas? No, no, no, para nada. No le debo a él esta inquietud. En su momento la pagará. Pero necesito que se sienta confundido cuando usted le diga que yo estoy contento con el regalo. ¿De acuerdo?

—De acuerdo, Leo. 

—Entiendo entonces que el obituario debe ser escrito por alguien que me aprecie. Usted no me aprecia pero es un profesional. Obviamente, Búmeran apenas sabe poner su nombre. Ninguno de los gatilleros lo hará. ¿Qué saben de abrir los sentimientos? Solo saben llorar cuando están borrachos. Y no sé si llorarán por mí. Mi esposa me dice “mi amor”, como decir, “quiero un carro del año”. No creo que su amor llegue tan lejos como para querer escribir mi obituario. 

—Jefe —le dijo Búmeran—, usted supone que morirá primero que todos nosotros. Eso solo lo sabe Dios. 

—Es cierto, Búmeran —dijo Leonel—. Solo lo sabe Dios y Satanás que lo saben todo. Pero tengo el derecho a pensar que todo puede suceder. Con esto de la pandemia, aunque yo quisiera verle la cara para escupirla porque nos ha jodido las ventas, he tenido extrañas emociones. Siento que también puedo ser un muerto más. Un pobre muerto más de los que vienen de camino. 

—Es por las noticias, no las vea —dijo seguro Búmeran—. Las noticias hacen mucho daño. Mi mamá pasa tomando Clonazepam y ya nada le hace. Creo que está para el psiquiátrico. Pero necesita estar pegada al televisor, ver los informes de los nuevos casos, que le digan qué otra cosa debe lavarse para evitar el contagio. 

—Ya no veo noticias —confirmó Leonel—. Me parece que la pandemia tiene a sus agentes de publicidad, a sus actores secundarios y a sus fans de algún modo. ¿Podrá haber un fan de la pandemia? Yo no sé. Creo que estoy hablando estupideces. Bueno, a lo que iba: mire usted, amigo, no creo que nadie pueda escribir ese obituario. Va a tener que escribirlo usted mismo para mí. Es mejor así. 

Pensé un momento. No podía negarme porque era parte del servicio funerario. 

—Lo haré con gusto. 

—Claro que lo hará. En esta empresa que yo tengo la gente no suele durar mucho. Y yo soy el dueño, imagínese. 

Lo vi preocupado. No podía determinar cómo la idea del obituario podría cobrar importancia para un hombre como él. ¿Qué le puede importar a un capo lo que se diga de él? Sin embargo, pensé en algunos capos famosos y en lo vanidosos que eran, en lo populares y glamorosos que querían ser ante todos. 

Quedamos ese día en que yo redactaría varios obituarios y que se los enviaría para que él escogiera uno. No quería quedarle mal. Solo me faltaba un incidente con la mafia, la cual puede ser en muchos detalles caprichosa e infantil. 

Pasé unos días muy extraños en la funeraria, sin poder contarle a nadie, ni a Mario, lo que me había sucedido. Me felicitaron por la primera venta de una cremación y particularmente por su alto precio. A nadie podía decirle, sin embargo, que no era ningún golpe de suerte y que ahora estaba vinculado extrañamente con la mafia y que esa vinculación parecía inofensiva, aunque también se podría volver de pronto muy peligrosa. Llamé a Jaime para darle el mensaje de Leonel, tratando solo de ser objetivo. Sabía que no debía exponerle nada de lo que el capo me había comentado en ese encuentro absurdo. Me atendió con cierto recelo. 

—¿Tiene usted un mensaje de Leonel para mí? —me preguntó, cuando le dije que sería breve. 

—Sí, solo me dijo que le dijera que le agradecía. 

—¿Que me agradecía? ¿Y en qué tono se lo dijo? 

—Fui a su casa a dejarle el certificado, como corresponde, me hizo pasar y le expliqué. 

—Muy bien, muy bien. 

—Le gustó lo de la cremación. Me hizo preguntas técnicas. Solo eso. Queda alegre con su regalo. 

—¿No dijo nada más?

Escuché unas risas a su lado. Era una mezcla de risas femeninas histriónicas y otras más graves, como alargando una o: oooh, oooh, oooh. 

—Solo eso. Apreció el gesto. Le interesa la cremación por cualquier cosa. No lo había pensado nunca. 

Ya no sabía lo que decía. 

—Estuvo usted en la cueva del lobo y por encima le agradecen el regalo. 

El hombre explotó en una risa honda, como adolorida. 

—¿En la cueva del lobo?

—Olvídelo. No me gusta que le haya gustado. 

Oí cuchicheos. El clima de algarabía cesó. Hubo un silencio donde solo escuché varias respiraciones. “Solo fingió estar alegre”, dijo una voz femenina, como consolándolo. 

—De él nunca se sabe —le dijo a esa voz—. Vos sabés que es un mal bicho. Vos lo sabés. Me preocupa que no se haya sentido incómodo. ¿Me escucha? —me dijo ahora dirigiéndose a mí. 

—Sí, lo escucho. 

—¿No habló de querer hacerme daño? Pudo haberlo dicho y usted lo olvidó. ¿Está seguro de que no olvidó nada?

—No olvidé nada —le dije—. Solo quería saber detalles del servicio. 

—Ah detalles, solo quería saber detalles —le confirmó a quienes estaban a su alrededor. “Preguntale qué tipo de detalles”, dijo una voz áspera—. Oiga, Esteban, por qué tipo de detalles preguntó. 

—Por todos los del servicio. Preguntó por la autopsia. —Hasta aquí había ido demasiado lejos, pero había un impulso que traicionaba mi prudencia. 

—¿A quién le interesa una autopsia en nuestro caso? —preguntó como amo de toda lógica. “A Leonel le interesa”, dijo otra voz—. Cierto, querrá que la policía sepa cómo lo mataron. Pero la policía es insensible ante crímenes de capos.

—Habló de la posibilidad de un Judas —dije tratando de aplacar las sospechas de Jaime. Creí tontamente que podía mediar entre ambos odios o amores delirantes. 

—Eso me parece bien. Aquí no nos podemos fiar de nadie. Aunque a veces lo necesitamos. Aunque a veces somos tontos. Lástima que Leonel es mi enemigo, tiene sentido común. A veces una turra con la que andás está disparando información por todo lado. Una turra que te dice en la cama que te comerá vivo. —Las risas se escucharon y algunos reproches—. Y hasta tu propia madre puede echarte la soga al cuello si sabe que la cagaste mucho. Las madres son madres hasta cierto punto. Y qué decir de los gatilleros. Al rato te matan por una bolsa de coca. Así son estos hijueputas. Ni dándoles de comer con la mano son fieles hasta el fin. —Escuché voces heridas, confundidas. 

—Espero haberle servido y gracias por la compra —le dije. 

—Un momento. 

—¿Qué más le gustó del servicio? 

—El obituario. 

—¿Eso que se escribe cuando uno está muerto?

—Sí, es como un pensamiento amoroso sobre el difunto. Por lo menos afectuoso. 

—¿Le interesó el obituario?

—El obituario lo podemos redactar en la funeraria, forma parte del servicio. A veces lo redacta un pariente o amigo. Solo que se lo mencioné y ahí se puso a pensar. Luego me dijo que mejor lo hiciera yo. 

—¿Usted lo hará?

—Es lo que me encomendó su “amigo”. 

—No vaya a escribir nada que sea falso —me dijo alzando la voz—. Si se muere y usted escribe algo falso sobre Leonel se las verá conmigo. Está bien el comercio pero esto es un insulto. Una puta te dirá que te quiere por unos dólares, pero no creo que una funeraria invente por los mismos dólares que un hombre fue tan bueno como el Papa solo para ganarse a un cliente. 

—Entiendo el punto, don Jaime. 

—No me diga don. Solo dígame Jaime. 

—Jaime, le escribiré algo objetivo. No exageraré. 

—Así me gusta, pero me ha preocupado. La verdad usted debe saber algo más que haya dicho ese cabrón. 

—Nada más me dijo. 

Olí la certera amenaza como un ciervo ante la proximidad de una pantera vengadora. Tuve la idea de renunciar al día siguiente. Borrar mis datos de la funeraria e irme a podar jardines, aunque yo no sabía nada de podar jardines. Algunos espíritus progresistas instaban a los desempleados a integrar un ejército de jornaleros para colaborar en las fincas cafetaleras, solo que faltaba mucho para la temporada de recolección. Los románticos del trabajo dejaban de lado algunos detalles en aras de producir en los desempleados, profesionales o no, la idea de que la sobrevivencia ameritaba cualquier “aventura” laboral. 

—No le creo —me dijo con un timbre de acreedor frío—. Me encantaría que le envíe el siguiente obituario a mi amigo, si no le molesta, ¿verdad, perros? —ahora se dirigía a su audiencia—. Anote, anote. 

—Estoy anotando. 

—“Leonel Ramírez, más conocido en vida como Tarántula (risas de fondo), no fue un buen hombre ni un buen marido ni un buen padre de familia. Fue un idiota y un codicioso. Murió de miedo por el coronavirus. Seguro su alma está al lado de Satanás. Leo, no te llevaste nada al otro lado y ahora todos se reparten tus sobras”. 

Hubo tanto escándalo que tuve que apartar un poco la bocina de mi oído. “Qué malo sos, oía, qué bueno, jefe, qué bueno…”

—Quedó anotado —dije con total objetividad. 

—Se lo envía por el medio que usted quiera. Dígale que ese es el único obituario que merece. 

Me colgó. 

No habían pasados dos días desde mi último encuentro con Leonel, cuando recibí su llamada. Quería saber cómo iba mi escritura de los obituarios. Le dije que estaba tratando de redactar un obituario justo. 

—No me dure mucho —me dije—. Quiero que esto se cierre en mi vida. Lo que se diga de mí no será un tartamudeo, algo que me golpee aunque esté muerto. Tal vez muerto sienta uno más. ¡Quién putas sabe nada? 

—Tiene usted razón. Me daré prisa, pero no lo tome tan en serio. Usted no está en un hospital entubado ni nada parecido. No se sofoque con la idea del obituario. Total, queda lo que la gente sintió por uno, nada más. 

—No importa lo que gente vaya a sentir o no. Me parece que ya eso mucho sobre los sentimientos de los demás. Amado no fue ni Jesucristo. No exijo amor, exijo justicia en mi funeral. Unas palabras justas sobre mí. Le doy dos días para que termine. No juegue al payaso filósofo conmigo. 

Me apuré con el encargo. O más bien, me dediqué con nervioso ahínco. De paso me asignaban postear en el Facebook de la empresa algunos anuncios atractivos sublimes para posibles clientes. La gente debía seguir enterrando a sus muertos de alguna manera, como me decía Mario y había que ofrecer el servicio con mucho tacto y elegancia, como bien se sabía. 

—No  quiero que el negocio sea próspero a costa de la pandemia, Esteban, te lo digo con sinceridad. Sé que algunas veces parezco insensible como un sapo, pero no es totalmente cierto. Me gustaba la vida como la tenía antes del virus. Lo mismo debió decir alguien en la Edad Media cuando comenzó la peste bubónica. Seguro reitero lo mismo que se dijo hace cientos de años, cambiando algunas palabras, variando un poco el idioma. 

—Ojalá que no, Mario. He visto que en Italia no dan abasto. Allí no se puede enterrar a nadie. Allí nadie piensa en servicios de funerarias. Un servicio de funeraria funciona cuando la gente se muere razonablemente, no cuando hay una pandemia donde no se sabe qué hacer con tantos muertos. 

—No creás que no he pensado en lo mismo, Esteban. El mismo don David me confió que si los muertos aumentan, seguro los enterrarán a todos en una misma fosa, como en otras épocas donde la muerte fue tanta que se convirtió en algo más sucio de lo que es. A veces quiero dejar todo esto botado. Nadie quiere pensar en sobrevivir. Está costando mucho. Los que mueren sin saberlo se salvan. No tienen que ver lo que vendrá. Y a mí lo que vendrá no me gusta. Prefiero estar en un asilo viendo todo el día Netflix. Estar muy consciente hoy día no es para nada un lujo. Ayer estuve viéndole los ojos al perro de mi casa. ¿Y sabés qué vi?

—Ni idea. 

—Nada. Absolutamente nada. Estaban vacíos y tibios. Me miraban y no me miraban. Seguro le parezco una sombra que despide un olor familiar. No le veo estrés, no le veo una pena verdadera. Dichoso ese animal. Dichoso el gato del vecino que es todavía más indolente. Me gustaría convertirme en la orquídea que tiene mi esposa en el patio. Es un universo independiente, cerrado, sin ningún vínculo con el exterior. Tal vez necesite que la polinice una abeja de vez en cuando. Solo eso. 

—Durante las noches, siento que hay mucha falsa tranquilidad, Mario. Y eso me asusta un poco. Uno nunca sabe lo que está pensando la gente. Todas esas películas de zombis no me parecen una broma hoy día. 

—Jamás he visto una película de zombis para serte franco. Pero uno de mis hijos mayores las ve de seguido. 

—No hablo exactamente de zombis. Hablo de gente muy asustada que sale a la calle en busca de una lata de atún a las dos de la mañana. Hablo de mujeres y niños con los ojos alterados que salen a golpear todo lo que se encuentran en el camino. Hablo de lo que pueda salir de una villa de miseria, como cuando llueve demasiado y revienta un hormiguero. Hablo de hombres armados con maches que matan por una bolsa de arroz y también violan e incendian la ciudad. 

—Todo puede ocurrir, Esteban. 

Evité concentrarme en los efectos de la pandemia en el país. La adversidad cansa como el perenne estado de satisfacción. Debe existir un término medio y algunas especies animales lo saben. Volví a mis viejos hábitos de lectura. Descubrí que había libros que había olvidado por el estrés de mi trabajo anterior. No había vuelto a sentir esa quietud que se experimenta en el cerebro con una buena lectura. Una quietud insondable, como cuando se debe viajar en una nave extraterrestre. No estás encadenado al mundo, sino que lo podés ver desde una óptica privilegiada, sin sentirte un borrego más ni una pieza útil. Algo marcha mejor aunque la historia que leés sea espantosa. El universo es coherente y visible. También visité a mis padres y traté de no pasar de la acera. Solo les dije que los quería mucho, como jamás lo había hecho. 

—¿Qué dijiste? —preguntó mi madre asomada en la puerta. 

—Que los quiero mucho a los dos. 

—¿Y por qué no pasás?

—No es conveniente, según el Ministerio de Salud. 

—Me vale un carajo el Ministerio de Salud. Sos mi único hijo y jamás te veo. Tenés años que solo pasás de largo. 

—No sé si llevo el virus en algún lado, mamá, luego los contagio. 

—Aquí hay gel con alcohol, ¿verdad, Humberto?

—Sí, Esteban, no seás tonto —dijo mi padre—. Yo no le hago caso al Ministerio de Salud. Sigo haciendo mis caminatas. No me puedo quedar entre cuatro paredes. 

Me senté a la mesa de la cocina después de frotarme las manos con gel. Mi mamá me preparó una taza de café y me sirvió pan horneado. Comí primero con alguna lentitud, no sabía mucho que decir. Mi padre me preguntó por mi trabajo en la funeraria. Solo dije lo esencial. No es bueno hablar de servicios funerarios a dos viejos. Incluso creo que los viejos nunca tocan esos temas. Prefieren contar anécdotas que se saben de memoria o que han olvidado y vuelven a recontar añadiendo o suprimiendo partes. A los años uno descubre más secretos, incluso secretos que tienen que ver con grandes problemas de familia, hechos horribles, manipulaciones en la sombra que pueden asustar al más duro. Les dije que me llamaran más. Y no sé por qué lo dije. En el pasado, estaba muy ocupado en mis novias. Unas me hacían sufrir mucho porque no entendía lo que era tener una relación y no quería que me importaran sus pesares con hombres del pasado. Detestaba a esos hombres del pasado a los que siempre recurrían mis novias. Las relaciones entre dos casi siempre son encuentros de multitudes, aunque esas multitudes solo sean fantasmas. Pero es cierto que un fantasma puede ser más real que el suelo que pisamos. 

—Yo siempre te llamo —dijo mi madre—. Pero vos nunca contestás o si contestás me decís que vas para una reunión. 

—Quizás fue antes —le dije. 

—Quizás —dijo ella enarcando las cejas. 

Mi madre me regaló una tooper con un poco de pan casero que me gustaba tanto cuando era niño. Llegué a mi apartamento y lo dejé sobre el escritorio. Cogí uno de mis libros y empecé a leer hasta que me dormí, oyendo la quietud falsa de la noche, oyendo solo el vuelo insidioso de un zancudo. 

Leonel me llamó cuando pasaron dos días después de su última llamada. Su voz me pareció hostil, decidida a morderme a través del celular. Le prometí enviarle unos obituarios. Me dijo que le urgía. ¿Cómo podría urgirle ahora unos obituarios a un desgraciado capo? ¿Qué sensación de vacío con la pandemia experimentaba quien supuestamente nunca tenía miedo y todo lo resolvía con una calibre 45? 

—Por cierto, tengo varios obituarios listos —le dije, con un tono disciplinado—, se los puedo enviar por correo electrónico. 

—Necesito que venga usted, amigo. 

La palabra “amigo” no me gustó para nada. No quería ser su amigo ni nada en esta vida. 

—Es que…

—Tal vez mejor le digo a Búmeran que pase por usted. ¡Búmeran! —gritó llamando al gatillero. 

Búmeran pasó por mí en la tarde en un Chevrolet y traté de no hablar nada durante el corto viaje. Quiso meterme conversación sobre las cualidades del “jefe” y solo le asentí. El jefe me recibió en la sala mientras fumaba un puro con aroma a canela. Tenía una computadora sobre la mesa de la sala y anotaba algo. 

—Hola, amigo, estoy haciendo una transacción importante a un banco de Panamá. ¿Cómo le ha ido?

—Bien, Leo, solo sobrevivo, nada más. El trabajo está difícil. Es más, esto que hago ahora es porque me despidieron de un periódico. 

—¿Un periódico? ¿Y qué hacía?

—Redactaba notas de arte y cultura. La cultura es un adorno para la gente y muchos creen que solo sirve la exportación de piñas. 

—No es entonces un “simple” vendedor de servicios funerarios. 

—Soy filólogo. Estudié letras. 

—Un estudioso de letras. ¿Se sabe el poema de Darío que dice… Dichoso el árbol…?

—Pues claro, Leo, es un poema del modernismo y creo que no tiene nada de modernista, pero ese es otro tema. 

—No sé mucho sobre el modernismo. Solo creo que ese poema se escribió en un momento en que la mente es un águila. Y no sé dónde lo leí. Tal vez en el colegio. A veces podía abrir un libro y leer algo. Me hubiera gustado leer más. La vida se opone a lo mejor de nosotros. La vida es un tirano y nos quita toda nobleza, solo nos deja lo más salvaje para medio sobrevivir. Lo más astuto y feroz pasado por la peluquería. Con lo que usted sabe de filología entonces no le será un problema escribir mi obituario. 

—Tengo varios obituarios que tal vez le gusten. 

—Debe ser un obituario que diga algo de mí que sea verdadero. No quiero que sea una mentira. 

Búmeran se había sentado en el sillón de la sala y escuchaba sin entender mucho. Al rato apareció la empleada y me preguntó si quería beber algo de alcohol. 

—No bebo —le dije—. Tal vez un jugo. 

Leonel y Búmeran pidieron ron con coca-cola. Volvió al minuto y nos dio las bebidas. Yo había extendido sobre la mesa algunos obituarios que había maquillado de fallecidos notables o desconocidos. ¿A quién le interesan los obituarios? Todos sabemos que son falsos. Pero ahí estaba Leonel tratando de escoger el suyo. 

—Escucho —dijo el capo bebiendo de su trago. Hizo un gesto de que la bebida lo regeneraba, le daba una satisfacción envidiable, lo hacía más pleno. Búmeran solo bebió y se mantuvo mirándome. Sé que sospechaba de mí, o su trabajo consistía en sospechar de todos los que se acercaban al jefe y poner cara de descreído. Poner cara de descreído también es un trabajo que puede resultar bien pagado. Hay políticos que se especializan en ese gesto. Lo pulen hasta la maestría. Al rato uno puede hasta darles el dinero que tiene en la billetera. 

—¿Qué le parece este?

 

Lamentamos el deceso de nuestro amigo, jefe y esposo, Leonel, una gran persona, modelo para muchos. Que sus acciones en vida las sigamos recordando por tanta bondad. 

 

—Jefe —dijo Búmeran—, me preocupa este juego. ¿No es como atraer la muerte a su vida? ¿No estará jugando con fuego?

—Callate, baboso —le dijo Leonel—. Traé más ron o mejor traete la botella. Nuestro escritor de obituarios no bebe, pero yo no juzgo a nadie. —Búmeran se levantó del sillón y se trajo la botella—. Mejor tomo sin coca-cola. La mezcla me la enseñaron ustedes, los gatilleros. Yo no soy un gatillero. En cuanto a ese obituario, me parece una mierda, ¿verdad, Búmeran?

Búmeran nos miró a los dos y no supo qué decir, por primera vez lo vi dudoso y sin facultades para ser servil. Puede ser que el obituario fuera generoso y negarlo ofendiera también al jefe. 

—¿Por qué lo dice? —pregunté tomando de mi vaso. Me habían traído un jugo de frutas. 

—Está claro que muchos se reirán de ese obituario. ¿No es filólogo? ¿No sabe ya que puedo ser una persona que administra negocios poco bondadosos? ¿Usted cree que soy bondadoso? 

—¡Tengo más obituarios! —dije retador. 

—Pues no me sirven —dijo sirviéndose más ron, hasta el tope. Lo tomó en grandes sorbos—. Debe ser algo que le salga a usted en este momento y que no haya copiado de internet. 

—No los copié de internet —mentí. 

—Sí claro. Concéntrese por un momento y escriba uno que le salga al verme a mí tomando este ron. Será más sincero. No quiero que mienta. Que el factor bondad se insinúe de una rápida descripción. Sé que no soy tan malo como algunos imaginan. Mi esposa cree que soy el diablo. No tengo amigos. Solo tengo guardaespaldas. Mi familia solo me pide dinero y me pelan el diente porque les doy plata. Vivo en medio de unos fantoches. Creo que solo mi madre se interesa por mí, aunque ahora tiene Alzheimer. A veces la visito y quiero que me regañe como antes, quiero me golpee con una faja para que yo escarmiente y piense mejor, quiero que me diga que me cuide como solo ella solía decirlo. Con solo que una madre nos diga que nos cuidemos, ya estamos cuidados para ser exactos. Algo nos vuelve fuertes y estables. Pero qué puede decir ahora. Tener una madre con Alzheimer es casi insoportable. Se acabaron esas frases simples y que nos hacían rabiar. Esas frases auténticas que nos hacían pensar y tener un amor encendido en alguna parte del mundo. Usted me entiende. 

—Sí lo entiendo. 

—Un filólogo debe entender eso. Creo que los filólogos pueden ser muy presumidos de alguna manera. Una de mis hermanas está casada con uno que da clases en una universidad. Nunca he visto un pendejo más presumido. Sobre todo detesto la manera en que me mira. Es como si viera en persona a un subhumano que no le puede ofrecer nada. Y que los he ayudado económicamente. Nunca dice lo que siente, solo lo que dijeron otros. Vive citando lo que leyó. La gente que vive así es como si no existiera. ¿Me explico?

—Yo soy un filólogo de otro tipo. Siempre me gustó el sonido de las palabras. No importa si fueran buenas o malas palabras. Las palabras se dicen y no sabemos qué causarán. Pueden causar la melancolía de Darío que a usted le gusta o la desesperación cuando un padre te dice: sos un fracaso. Una desesperación que puede despertar un instinto asesino contra el padre y toda la sociedad. 

—Interesante, beberé otro trago. 

Leonel bebió otro vaso de ron, de sorbo en sorbo, ya como lamentándose de complacencia. No quería que se emborrachara antes de que me aprobara el obituario. 

—Pienso que el siguiente obituario le puede gustar —le dije. Anoté algo sobre una libreta. Empezaba a sudar un poco. 

—Lo escucho —dijo—. Vos también tenés que oír para que aprendás un poco, Búmeran. —Rio con descaro. Búmeran solo sonrió. Parecía asustado. 

 

Nosotros sabemos que vos, Leo, viviste a tu manera, como sirviéndote un trago de ron y sin quejarte nunca. La vida te opuso resistencia, pero tuviste valentía. 

 

El silencio nos circundó. Búmeran estaba con los ojos cerrados. Leonel seguía sorbiendo su trago de ron. 

—Me gusta más. Pero me pone usted, amigo, en una situación deplorable. Parece el obituario de un borracho. Y no soy borracho. Resistencia y valor son cosas que tiene mucha gente. Incluso puedo decir que uno de mis enemigos, Jaime, por ejemplo, tiene resistencia. Es jetón y perseverante. —Recordé en ese momento el obituario que me encomendó llevarle a Leonel y guardé silencio, no quería meterme de lleno en otro entuerto—. Eso de vivir a mi manera me recuerda una canción de Sinatra o Elvis Presley y está muy quemada. Intente otra cosa. Debería tomarse un trago para que se inspire. 

—No, gracias —dije—. Me perjudicaría la concentración. Nunca logré combinar el alcohol con nada de mi vida. 

—Oooh, disculpe, podría haber sido un santo. —Rio sarcásticamente—. Tenemos otras drogas, ¿verdad, Búmeran?

Búmeran sonrió pero creo que los obituarios le causaban agonía. Agonía por él mismo y por sus compañeros. Agonía por lo que había vivido y por los futuros acechos que imaginaba ahí sentado con el trago de ron, que era su único aliado. Su jefe solo deliraba sobre el humo de las circunstancias. Seguro le parecía algo inasible en ese momento. 

—No hay problema. Ya tengo otro obituario —dije dejando de escribir. Casi no le ponía atención a Leo. 

—A ver, a ver…

 

 Pudiste ser mejor, pero no viniste para ser santo. Pudiste ser más cruel, pero solo debiste ser justo en algunos momentos. Los que te odiaron nunca te conocieron. Los que te amaron quizás tampoco.  

 

—¡Me gusta! —dijo Leonel—. Le da en pleno rostro a todo el mundo que me conoce y que no me conoce. Así es como tiene que ser mi obituario. Un poco despreciativo, frío, enigmático. Es una señal para los que queden viviendo. No importa si se limpian el trasero con el obituario. Como usted dijo, señor filólogo, las palabras llegan con mucha eficacia a donde deben llegar. Mi mamá lo sabía. Siempre me decía: el que anda con lobos aprende a aullar y esas cosas que dicen las madres. Ahora no la reconozco. Está en un asilo viendo por la ventana todo el día. Me encantaría que me vuelva a decir si lo que estoy haciendo le gusta a ella o no le gusta. Pero ya soy un adulto, dirá usted. Algo debo saber acerca de tomar decisiones. 

—Me alegro que le haya gustado. 

—No sé si me gusta completamente. Lo voy a leer un poco más. Deme su nota. 

Le alcancé la nota. 

—No importa si haya que hacerle alguna corrección. 

—No creo que la corrija. Si muero primero que todos por esta pandemia o por un tiro en la frente, este obituario será lo último que se diga de mí en forma oficial. No importa si mis enemigos piensen otra cosa. Los enemigos siempre estarán contentos con nuestra muerte o algo asombrados de que ya no tengan que lidiar con nosotros. Lo más probable es que les dé un luto muy raro a ellos mismos. Nosotros les llenábamos el vacío más grande de sus vidas. Por todo lo que les pasaba, solo buscaban a un responsable: el maldito de Leonel, el cafre de Leonel, el codicioso de Leonel. Cuando les falte Leonel tendrán un vacío que no llenarán nunca. Mi mujer se buscará otro capo o se unirá a un filólogo tranquilo y responsable, como lo hizo mi hermana, un tipo engreído y enciclopédico que no sabe lo que es el mal ni lo que representa una luna roja en ciertos días. El tipo le hablará de la maldad con un libro de un autor que habrá escrito sobre la maldad, sin que su propia voz le diga (como yo siempre le digo), que la maldad está en las manos de su peluquera, en el aliento de su amiga que la llama para saber si se compró el carro del año, en los ojos de su papá que nunca dio la cara por ella y ahora la busca para decirle que ella es su hija. Estos idiotas gatilleros que tengo yo para hacer mis negocios y que me defiendan quedarán sin trabajo y harán sus propias bandas, sin ninguna inteligencia porque son torpes, y al tiempo saldrán en La Extra metidos en una bolsa de plástico. Para que lo sepás, Búmeran. 

—Sí, jefe —dijo Búmeran con una mirada patética. 

—Me gustaría que mi obituario le llegue a la médula a Carmela, mi querida, de la que tengo sospechas que no me quiere. Me gustaría que la estremezca. Lo que no pudo hacer mi dinero y mis palabras de amor, que son las palabras de un hombre poco romántico y sencillo, tal vez lo diga ese breve obituario y quizá ella llegue a pensar que había algo desconocido en mí que jamás exploró porque estuvo ocupada en comprarse cosas. Quizás entienda que cualquier hombre le puede comprar cosas y pagar apartamentos y costear viajes. Pero envejecerá y en el desierto de la vejez, antes de que le dé alzheimer, como a mi madre, recordará que le toqué la mejilla con un calor verdadero y que lloré alguna vez por su frialdad. ¿Cuánto le debo por el obituario, amigo?

—Lo incluye el servicio, Leo. No me debe nada. 

—Me ha gustado conversar con usted, y como ve, no le temo al coronavirus. No le temo a la muerte como Jaime, que es un cobarde. ¿Sabe por qué me envió este regalo?

—Para nada. 

—Me lo envió porque quien teme morir es él. Solo quería apartar de sí mismo ese miedo, dárselo a alguien más menos cobarde. Y entonces me lo envió a mí, porque sabe que yo al miedo lo tengo a raya. No digo que no tengo miedo, sino que lo tengo a una distancia prudente. Es posible que a veces me dé un poco por encima, como cuando llovizna y nos aruña el agua. Pero me sostengo en mi sitio. Lo miro de frente. Al miedo le gusta preparar el camino de la muerte. Es su perro fiel. 

—No lo había pensado. Creí que era una burla. 

—Jaime es un hombre de tan poca inteligencia que seguro alguien le dijo que me enviara ese regalo. Es una broma pueril, pero ingeniosa. Ya veré qué le envío. 

Pensé lo peor. 

—Enviarle lo mismo sería caer en su juego —le dije. 

—Es cierto —dijo Búmeran. 

—Sí, sería montarme en su ocurrencia y mostrarle que estoy herido. Cuando uno muestra a la gente que está herido, se fregó. Hasta ahí llegó la cosa. Te mirarán con rencor y con ganas de hundirte más. Por eso la gente solo vive de apariencias. Es su mejor defensa. 

—Creo que Jaime entendió su mensaje cuando le dije que le había encantado el regalo. 

—Espere —dijo asombrado—, ¿entonces lo llamó a usted después de que me envió su regalo?

—No. Yo lo llamé a él, como usted me dijo. 

—¿Por qué no lo dijo antes?

—No quería agitar las aguas. 

—¿Y qué le preguntó?

—Quería saber qué impresión le había causado el regalo. Le dije que usted solo me preguntó por los detalles de la cremación, por los servicios adicionales… por lo que es usual. 

—Quería alimentarse de mi impresión, como un vampiro. 

—Jefe, hasta no eliminarlo tendrá esa espina en su vida —dijo Búmeran. 

—Debo pensar en algo pronto. Su miedo de morirse está muy soberbio y desgarrado. Es posible que del regalo pase a los hechos. Sus gatilleros me odian porque he matado varios de ellos. En paz descansen. 

—Podemos hacerle una visita —dijo Búmeran, aburrido de tanta teoría. Lo que necesitaba era acción. 

—Seguro lo espera. Es mejor que piense que estoy planeando algo. Dejalo que se desgaste y que pierda la dirección. ¿Verdad, amigo?

—No estoy muy seguro —respondí—. Usted es el que sabe de esta profesión. 

—Pero usted tiene ideas. 

—¡No sobre asesinatos! 

—Siempre hay un día para aprender. 

 

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