El año de la marmota

Autora Carla Pravisani

 

Hace unos días vi un meme en el que se veía la imagen de un alcohol en gel y una mascarilla que decía: “MEMES EN 2035. SI NO USASTE ESTO PARA IR POR PAPITAS A LA TIENDA NO TUVISTE INFANCIA”  y me gustó el alivio que me trajo el chiste, mirarse desde un futuro y pensar que este tiempo extraño tendrá un fin. Otro meme era el de una foto en blanco y negro de gente común y corriente comiendo en un restaurante, la foto emulaba ser de principio de siglo pero dejaba claro que era apenas un “antes” de la locura Covid-19. Digamos que así de trastornada me tiene el confinamiento: filosofando a partir de la lógica espacio-temporal de los memes. Escarbando en la superficie de lo trivial para ver si hay algo debajo, porque así paso los días en el año de la marmota: en el ceremonial de pasear a los perros, lavar los platos, enterarme de esa realidad que miro a través de un vidrio esperando (rogando) que no me toque. Ya no leo el horóscopo con la ingenuidad de antes, ahora le temo un poco más a los mercurios retrógrados, a los gatos negros celestiales, a los pianos que caen del cielo. Soy una devota a la estadística que reza por misericordia ante el aumento exponencial y  las cifras de muertos.

Mientras tanto toca seguir dándole vueltas a la rueda del hámster para llenarse los cachetes y guardar para ese invierno que es hoy. Toca la vida en Zoom: dar clases de escritura creativa asomándose por pequeñas ventanas y ver más allá de ellas los diferentes cuartos, meterse en la intimidad de las casas, esos espacios que evidencian personalidades: una batería, un poster de rock, una biblioteca, una manta con el dibujo de un mandala; acostumbrarse a los ladridos, a la comunicación que veces llega como metida en un frasco, ese sonido a inodoro descargándose que aparece en las interferencias, la voz del exorcista de una alumna cuando lee su cuento, las preguntas con efecto estroboscópico QUÉ-S—GN-FI-CA- PR-ET-UPE -UA-SON- LAS- VAR-AS-LLO-SA, las ventanitas en negro con el nombre de los tímidos, las caras congeladas de la mala señal. 

Un amigo me mandó un video viral mexicano de un abogado en una audiencia que se levanta para buscar unos audífonos y queda en evidencia que está en calzoncillos. Pero hoy, además del abogado, podríamos pensar que todos estamos en mayor o menor grado un poco así: expuestos y vulnerables. Nos hemos convertido en el remedo de nuestra seguridad, de nuestras ambiciones. Nunca antes nuestro ego fue tan tragicómico. Nuestra ventanita abierta expone los malabares que hacemos para conservar lo que creíamos conocido. Algunos hacen postres, otros ravioles caseros, ejercicios de zumba, otros damos clases, otros dan consejos de cómo sobrevivir a lo que sea. Hace poco un amigo yogui vegano me dijo: “me muero de ganas de ir de shopping”. De cualquier otra boca me habría parecido una nostalgia comprensible, pero viniendo de él me pareció que señalaba otra cosa, ese síndrome de abstinencia consumista quería decir algo más profundo: evidenciaba una escalofriante certeza rota.

Y por otra parte, la expresión “nueva normalidad” me produce urticaria y no sé muy bien por qué. Ayer soñé que viajaba a Miami y que no encontraba alcohol en gel en ninguna tienda, alguien me informaba que la «mafia» los había comprado todos así que lo mejor era que me diera por vencida; luego volaba de regreso a Costa Rica y no me dejaban entrar porque había roto las normas: yo era extranjera, y Migración decía que si salía, perdía la residencia. Yo me sentía  muy culpable, me arrepentía profundamente de mi deseo burgués, maldecía mi superficialidad, mi escapadita «para despejarme». Me desperté alegre de que todo fuera una pesadilla, alegre de estar encerrada en mi casa con una botella de alcohol en gel sin abrir, alegre de que mi cédula de residencia estuviera bien guardada en la billetera, alegre de que hubiera lentejas en la olla de cocimiento lento. Mi inconsciente tiene algo de Ministro Salas, algo de «ubicate que todo puede ser mucho peor». También mi hijo tuvo una pesadilla anoche: soñó que la casa se inundaba y había víboras en ambos patios. Hoy nos contamos los sueños mientras comíamos gallo pinto y nos agarrábamos bien fuerte a los bordes de la mesa. ¡Gracias realidad por ser tan concreta y sólida!

Alguien escribió un post sobre lo que le dijo su abuela antes de morir: “qué dicha que me voy a morir, y ya no voy a ver lo que a ustedes les va a tocar”.  No supe si darle «me gusta» o ponerle un «me enfada», «me sorprende», «me importa» o un «me lleva puta».  Otra amiga escribió hace unos meses: “Si me va a dar coronavirus quiero ser de las primeras para que me toque un respirador”. Y me pareció de una lógica incuestionable, como ir a la feria a la hora en la que todavía no hay nadie. Por momentos debo atarme las manos para no caer en la tentación de escribir «sermones reflexivos en tiempos de confinamiento». Salvo el santo oficio de hacer memes, escribir sobre cualquier cosa me resulta farragoso. Necesito tiempo y distancia crítica para digerir estos días en cámara lenta. 

 En fin, así estoy pasando este año de la marmota: haciendo chistes como quien dispara perdigones al aire, riéndome dolorosamente como el Joker y con ganas de meterme en la refri y que me descongelen en el 2035.

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